6 de mayo de 2013

Breve encuentro con los dioses (o del rechazo de la eternidad)


El tiempo no existe. Lo juro. A nosotros los humanos no se nos ha dado el don de ver el futuro; solo sabemos del presente y del pasado. Lo que viene ya sucedió, y lo que pasó todavía no ha sido escrito en los anales del tiempo. No se nos ha dado el don de ver lo que viene; solo podemos ver un pedacito de la cuestión. El tiempo no existe, y ya (como dice Borges) somos los que seremos. La ignorancia fue un artilugio para que no nos aburriéramos embebidos dentro de una absurda existencia que se mueve inasible de un lado a otro, y de atrás para delante; una absurda existencia que nos baña el cuerpo y cae al suelo, devolviéndonos a nuestro estado de resequedad.
Aún así yo no quisiera ser como los dioses y ver, omnipotente, el espacio y el tiempo, predecible y reconocible. Si me fuera ofrecido el don de la ubicuidad lo rechazaría indudablemente; prefiero la mentira a la verdad, prefiero a los falsos profetas, prefiero la incertidumbre de mis arrugas y de mi muerte. Prefiero mil veces la angustia de lo ignoto a la angustia de saber que el devenir no deviene, a la angustia de estar atado a un tiempo inalterable.
Y ustedes preguntarán a qué viene todo esto. Pues bien, los dioses bajaron anoche y me ofrecieron el tiempo. Y qué carajos pretenden, pregunté. Su respuesta era evidente. Y tan evidente era lo que pensaban, que les costó trabajo decir Te ofrecemos el mundo, te ofrecemos el tiempo, te ofrecemos la eternidad. Sin tiempo eres inmortal, y lo eres todo en un mismo instante. Nunca sentirás tristeza, porque sabrás que la felicidad es lo definitivo, y tú serás amo y señor de lo definitivo. Perderás el miedo, perderás la incertidumbre, superarás la estúpida angustia de la existencia pues estarás por encima de todas las cosas mundanas.
Respondí, indoblegable: Rechazo vuestro mundo, rechazo vuestro tiempo, rechazo incluso vuestra eternidad. Soy mortal y me detengo ante el océano durante horas, y puedo disfrutar la arena incómoda bajo mis pies. Postergo el movimiento de mis manos para enseguida ponerlas sobre una cadera que ondula como las serpientes en el Sahara, y demorarlas, y retenerlas sabiendo que ese instante no se repetirá; y sé que el viento soplará borrando las huellas cuando todo termine. Prefiero ser cada cosa cada vez. Sentiré tristeza, y sabré lo que es la felicidad en cuanto la tenga, y podré saborearla, podré tragarla lentamente mientras refresca mi garganta. Y lo disfrutaré inmensamente, sabiendo que tendrá un final. Desprecio lo definitivo; sería horrible no sentir más allá de las fronteras. Seré mundano, seré incierto, sentiré miedo y angustia si detrás se esconde lo que salva. Detrás del miedo está la valentía, detrás de lo incierto está el horizonte, detrás de lo mundano está lo sublime; y sobre todo, sobre todas las cosas, está la voluntad. La voluntad de todos los mortales de cambiar el futuro predispuesto. ¿Qué haréis vosotros, dioses sin tiempo, dioses eternos e inmortales, cuando os cambiemos el tiempo? Dejaréis de existir, porque entonces se sabrá que el tiempo puede ser cambiado.
No sé si fue estúpido de mi parte, no sé si fue estúpida mi respuesta. Solo sé que se fueron, que yo sigo en el presente y que moriré sin haber conocido el Tiempo, pero conociendo muy bien la voluntad. Es evidente que la voluntad no es de dioses, es de los mortales. Y no nos la podrán quitar.

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