4 de diciembre de 2012

El día en que la vida se intentó suicidar por medio de una gota de saliva


Esta es la imagen de una mujer sentada en la banca de una calle concurrida. Hace sol, pasa la gente de lado a lado. Mira indefinidamente cómo pasan los carros, cómo pasan las palomas, cómo pasan las personas, cómo pasa la vida, y no acierta a entender.
El movimiento, de golpe, ha perdido sentido y razón de ser. Los labios de su antiguo jefe gritándole de repente se quedan inmóviles y ella puede ver la saliva que acaba de abandonar, en un acto suicida, la lengua del jefe, lengua en la que yacía tranquilamente. Puede ver cómo otros trozos de saliva se estiran de un incisivo inferior a un incisivo superior y se arquean hacia fuera por consecuencia del mal aliento que sale de la garganta del jefe; esa garganta que dentro tiene una campanilla que vibra ridículamente, y más ridículamente aún se queda inmóvil junto al torpe gesto del hombre gritando. Su cara retorcida pierde sentido y la saliva llega a darle un asco como el que nunca había sentido a esa mujer sentada en la banca de una calle concurrida.
Piensa, entonces, en la ridiculez de la vida como la del movimiento. Se suele decir, cuando la víctima muere, que la vida “se detiene”, otra manera de decir que la vida es constante movimiento. Y tiene sentido: un niño nace y parece estar desperezándose de la quietud. En sus movimientos hay un recubrimiento de telarañas pesadas que ceden poco a poco, hasta que por fin se deshace de ellas y entonces se mueve libremente, se mueve a todos lados, rompe cosas, salta, grita, aprieta los dientes pues ha descubierto el movimiento de sus mandíbulas (la vida de su esqueleto que, sorprendentemente, se mueve. El movimiento de su esqueleto que, sorprendentemente, vive). Pero a pesar de todas estas reflexiones, la vida le parece ridícula a esa mujer. Cuando el niño llega a viejo de nuevo sus movimientos se hacen pesados, lentos y se empiezan a recubrir de telarañas nuevamente. La vida se detiene, entonces, cuando el movimiento se detiene. Y esto le da tranquilidad a la mujer que está sentada en la banca de una calle concurrida.
Y entonces cree estar soñando, pero se restriega los ojos para abrirlos de nuevo cuando se da cuenta de que no, cree no estar soñando, y todo el mundo se ha detenido. De nuevo, la paloma que atraviesa la ventana de un edificio a su lado derecho se detiene, y empieza a ir para atrás. La lluvia que era dentro de ella comienza a ir de nuevo hacia el cielo, ve a los hombres elevarse con sus sombrillas, y a los árboles arrancarse del suelo hacia el sol.
Recuerda la saliva y la ve devolviéndose, como arrepintiéndose de su acto suicida, y ve cómo la cara de su jefe vuelve poco a poco a su gesto un tanto menos ridículo.
Yo, absorto, estoy detrás de la mujer sentada en la banca de una calle concurrida cuando me empiezo a elevar. Nos separa una vía por la que pasan pocos carros, que también se elevan. La vida retrocede, o mejor, los movimientos retroceden, el mundo retrocede, y ya no sé si todo esto es la mujer sentada en la banca de una calle concurrida, terriblemente asida a su asiento con la contundente gravedad de sus nalgas, o si soy parte de un destino inevitable que me separa de la tierra. Lo único seguro, lo único inevitable es que sé, mientras me elevo, que si hay alguna imagen que quisiera dibujar con palabras es la de esta mujer sentada, ya se sabe en dónde, ya se sabe pensando en qué cosas y siendo testigo ya se sabe de qué increíbles acontecimientos.
Esta es la imagen de una mujer sentada en la banca de una calle concurrida.


Para leer la primera parte de esta historia, diríjase a El día en que las sombrillas no supieron detener la lluvia.

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