1 de septiembre de 2014

a este lado de la frontera

hice un santuario en tierra ajena
ladrillo a ladrillo levanté sus paredes
traje agua del lejano río
para mezclar con la cal en las bateas

mi meta era el templo sagrado
hacer dentro de él un altar
dotarlo de suelo, ventanas
de techo y de una gran puerta

mi meta era hacer un hogar
cálido y fresco en el desierto
construir al otro lado de mis fronteras
un refugio para pies extranjeros

logré que fuera redondo como el sol
que dentro de él se respirara aire fresco
cavé un pozo para calmar la sed
y quitar de mi cuerpo esa masa de sudor y arena


pero yo no sabía de aquella tierra
yo no sabía de las serpientes ni de las tormentas
aún peor, no sabía que eran tierras ajenas
y me echaron
y tumbaron el techo
descascararon la cal y echaron abajo las puertas

regresé a este lado de la frontera
pero llego con las manos gruesas, sucias
con la piel manchada por el sol, seca
llegué con el cansancio acumulado
y con el viejo santuario
como una herida en la memoria de mi cuerpo


quizá cometí el error de construir en suelo ajeno
quizá cometí el error de beber su agua y dormir en su seno
pero ahora que subo a mis montañas y miro hacia oriente
veo mi santuario lejano, descascarado
veo la soledad que llena cada uno de sus espacios
y me hierve la sangre cuando pasa un forastero
y alza su propio mausoleo frente al mío

aquel horizonte se llena de santuarios
y deja de ser, poco a poco, aquel lugar que consideré sagrado
no era más que un pedazo de tierra vacía
que, lleno de edificios, vuelve a estar desierto

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