19 de abril de 2014

Un rey Midas

No hay voz que no sea la mía, pero me niego a abrir los labios.
Todo aquello que nombro, muere.
No poseo más que una red de pesca para atrapar mis palabras,
que son como pescaditos que nadan invisibles en el aire
que huyen, fatales, hasta que alcanzan su destino.
Nombro la rosa, la inmarcesible, y se la lleva el viento,
se aleja transfigurada en palabra, sin color ni olor,
sin forma definida para tomarla entre las manos;
atraviesa mi red de pesca y no vuelve.
Digo luna y ella, de inmediato, pierde su brillo;
y los mares enloquecen, y no veo mi camino,
pero siento el frío en que se ha convertido:
una brisa recorre mi cuerpo y luego se va y no vuelve.
Y ojalá fuera tan solo eso.
Si digo abrigo desaparece parte de mi armario,
pero también se van volando los abrazos
se van volando incluso las palabras,
esas palabras atesoradas en un cofre secreto.
Nunca aprendí a callarme.
Sucede incluso en los momentos más inesperados.
Palabras dichas sin darme cuenta:
Zapatos, zancudo, yema (solo la clara), equis, ventana, verde, unión, taladro, techo, tubo, tuba, sapote, sierra, piano, puerta, piso, pluma, olla, orden, nenúfar, nimio, nomo, nido, mesa, mata, matera, muchacha, mediterráneo, luz, libro, lana, loma, lima, limón, lulo, lente, ca, jirafa, jamón, imanes, hilo, gorro, gato, faro, festivo, fruna, eclipse, espejo, diario, disco, data, conejo, catalejo, cojín, café, bisonte, binario, boscoso, amanecer, ala, arnés, amarillo, anís, amor.
De a pocos, el mundo se hace suspiro.
Todo se lo lleva el viento.
No sé dónde apoyo mis pasos;
ya dije pasto, ya dije vaso,
ya dije trozo de alma mía.
Necesito llamarte, pero temo decir tu nombre.
Llega, llega y no me pidas palabras.
Llega tan solo. Yo prometo guardar silencio, prometo no nombrarte nunca.
Prometo no decir nuestros secretos.
Nombra todo aquello que he perdido;
quizá en tu voz vuelva la rosa, la luna y los abrigos.
Pero si no vienes pronto, tan solo me quedarán dos palabras.
La segunda de ellas será mi nombre.

31 de marzo de 2014

La paloma

Sentía el peso de la Tierra bajo mis pasos, como si la Tierra estuviera encima y yo debajo y, para colmo, de cabeza. Y como si el aire estuviera aún más debajo, y entonces sentía que en cualquier momento podía caerme pero no, porque la Tierra es demasiado pesada y no me dejaba caer. Es una sensación rara que todo esté bocabajo de repente, pero que además la gravedad hale para arriba y no para abajo. Son dos cosas distintas, entiéndase. Uno puede ir caminando por una calle cualquiera, de pie (es decir, no de cabeza), saltando charcos que quedaron del aguacero, y de repente sentir que la gravedad de repente ya no está debajo, y entonces empezar a caer hacia arriba. O, el caso contrario, ir caminando de igual forma por esa misma calle cualquiera, y que de repente todo esté de cabeza, pero la gravedad siga estando debajo. Entonces, de igual manera, uno comienza a caer... pero es distinto, porque esta vez lo que está debajo es la gravedad, y encima toda la ciudad con sus calles y sus casas y sus charcos. No sé si me hago entender. Y entonces, están los otros dos casos. El de siempre, es decir en donde la gravedad y todo está debajo, y entonces uno camina por esa calle sin preocupaciones. Sabe que si suelta un lápiz va a ir hacia el suelo y no hacia donde se le dé la gana, o si escupe para arriba, como dice el dicho, ya sabemos lo que pasa.
Pero entonces viene el caso más curioso, y es aquel en que la gravedad está encima, y no solo eso. ¡Todo está de cabeza! Y entonces es como una suerte de espejo sobre la propia cabeza, o como un lente de esos a través de los cuales uno mira y ve todo al revés; incluso la gravedad se trueca, y entonces todo es normal pero en un sentido contrario. En fin. El caso es que sentía el peso de la Tierra bajo mis pasos, sentía como si yo fuera el centro de gravedad, por decirlo de alguna manera. Y aún así decidí salir de casa. Debí haberle parado bolas a esa sensación pero me dije que ya pasaría, que era una de esas bobadas mías de siempre, que siempre me imagino las cosas más ridículas pero luego vuelvo a la Tierra y listo, no problem, sin problemas, todo bien.
Al comienzo sentí mareo, pero a fuerza de voluntad me fui acostumbrando a las nuevas leyes de ese universo. Y entonces caminé las mismas cuatro cuadras de siempre para tomar el bus, y me senté al costado del pasillo, como siempre, cerca de la puerta pero no al lado, para poder ver a todo el que se subiera. Cuando era más pequeño (cuando el suelo y la gravedad estaban debajo), me gustaba sentarme a la ventana, porque entonces miraba hacia afuera y me maravillaba con el paisaje que cambiaba constantemente, y el bus pasaba por mi barrio, que era pobre, y luego iba subiendo de estrato, y a veces salía a la Avenida y podía ver las montañas y los árboles y la vastedad de la ciudad, que yo sabía que llegaba hasta aquellas montañas. Lo que fuera. Pero ahora me gusta sentarme al pasillo y mirar a quienes se suben, al conductor, al copilto o copilota (si es mujer siempre es un cuento muy distinto), en fin, a todo el mundo pero de adentro.
Bajarse del bus no fue cosa fácil. Siempre se llena desde Fontibón hasta la Nacho, pero además con el mundo como estaba, daban ganas de salirse por la ventana. Atravesar todo el pasillo sabiendo que todo, incluyéndome, estaba de cabeza, fue toda una travesía. Empujar a la gente para que abriera paso cuando no lo hacía a la voz de “permiso”, timbrar con una cuadra de anticipación (como ordenaba el letrerito), luego bajar a tierra de nuevo... no es cosa fácil sin la gravedad de tu lado. En todo caso, me bajé, y sentí de nuevo aquel mareo. Es entendible, me dije. Todavía no me acostumbro. Pero entonces me pregunté por qué todo estaba como estaba y por qué justo ese día. Claro que cualquier día hubiera dicho “justo este día”, sin razón aparente más que el presente. Si me pasa algo, siempre será hoy. El caso es que todo el mundo caminaba y saltaba y paraba el bus y se subía y se bajaba como si nada, como si el mundo fuera el mismo de siempre. Quizá yo era el único que sentía que el mundo estaba como estaba, y todos seguían caminando de la misma manera. Eso explicaba que me miraran raro.
Y así fue todo el día, aunque de vez en cuando me olvidaba. No del mundo de cabeza, sino de que me miraran raro. Fui a la biblioteca y busqué noticias mundiales del día; nada que me diera pistas de lo que estaba pasando. Me dije que quizá sería un malestar de esos que a veces me dan y que son insoportables. Me da mareo, dolor de cabeza, y a veces siento malestar intestinal. Entonces, no solo fui a la biblioteca sino también al baño. En más de una ocasión. Nada fuera de lo normal. Me comenzaba a preocupar porque siempre había señas de una u otra manera de que el mundo, o yo, no era el que era. Entonces, me dije, lo mejor es hacer una caminata. Una caminata siempre es buena para el organismo, y uno anda en medio del mundo o de la gente, así que abarcaba mis dos preocupaciones. Pero cada vez me mareaba más y, a medida que iba avanzando, iba sintiendo que la gravedad se hacía más fuerte, y todo de cabeza me hacía dar ganas de vomitar. Tuve que parar en una panadería en la que hacen un pan delicioso. La mesera, de cabeza, me preguntó si deseaba algo para acompañar el pan. No, le dije, no me siento del todo bien. ¿Desea que se lo lleve a la mesa? Sí, gracias. Y entonces salí (porque era una panadería con terraza), y me senté en una silla en dirección contraria a la panadería, para poder ver el cielo. El pan se demoró más de cinco minutos en llegar a la mesa, y yo estaba preocupadísimo de que también el tiempo se me estuviera poniendo de cabeza. Y bien hice en preocuparme, porque cuando me paré a pedir mi pan por segunda vez, la mesera me dijo algo que hasta ahora no olvido, y que todavía me genera escalofríos. Me dijo, Pero si yo ya le llevé el pan. No señora, usted no me lo ha traído. Yo sí se lo llevé al joven, le decía a la otra mesera, y la otra mesera simplemente se ponía en otra actividad. Para no incomodar más con mis problemas (estaba convencido de que eran mis problemas), le dije que entonces podía llevarme OTRO pan. Y que no habría ningún problema con eso. La mesera, emberracada, me lo pasó ahí mismo, hirviendo. Gracias, le dije. De nada. Me senté de nuevo a la mesa y miré el cielo, y cerré los ojos, y entonces imaginé el cielo que podía ver con tan solo separar los párpados. Sentía los carros pasando, sentía a esa mesera atendiendo a otras personas que pasaban, algunas viejitas que llevaban el pan a su casa, otras que iban por una aromática. En fin. Todo el mundo pasaba de cabeza con la mayor tranquilidad del mundo, como si todo fuera cotidiano, como si nada estuviera fuera de su lugar.
Si no era yo, y no era el mundo entero (todos estaban bien, o parecían estar bien), me dije que tenía que ser algo más. Y ahí fue cuando recordé que yo sí me había comido el primer pan, y no solo eso, sino que yo había ido a esa misma panadería el día anterior (a estas alturas no puedo afirmar que fuera ayer, porque como están las cosas podría ser mañana), y además luego había ido a caminar, y a la universidad, y me habia devuelto a mi casa. Algo andaba mal, y esta vez no solo con la gravedad y el mundo y la Tierra y todas esas cosas del lente y del espejo, sino que además algo andaba mal con el tiempo. Era como si ahora le hubiera dado el capricho de ir hacia atrás, porque de repente me pagaron el pan que me había comido, y para colmo las viejitas llevaban el pan de su casa a la panadería, y yo me devolvía por toda la 45 hasta la universidad, y la gente ya no me miraba raro sino que yo los miraba raro a todos ellos, porque cómo es que no se daban cuenta de todo lo que estaba pasando. Y hubiera seguido así mi día hasta volver a mi cama, a aquella sensación inicial de que todo estaba de cabeza, si no es por un suceso inverosímil del todo, un suceso increíble si se quiere. Levanté mi cabeza y las nubes que se devolvían a la parte trasera de los cerros, y el sol que cada vez se alejaba más del cénit, y todo el peso de la Tierra bajo mis pies, y todo de cabeza, como jalando hacia arriba el mundo, que debía estar debajo pero que estaba encima, todo eso se volcó sobre sí mismo cuando una paloma cayó o subió, ya ni sé, de lo alto del cielo, de lo bajo del cielo, y se precipitó hacia la tierra como si fuera un yunque, o un piano, y entonces supe que no era yo, no era yo el de los problemas, porque la paloma se desplomó y cayó con todo su increíble peso al suelo, irrespetando las leyes de la gravedad porque en realidad no cayó sino que salió volando fúrica contra el suelo, irrespetando las leyes del tiempo porque iba hacia delante, es decir no aterrizaba sino que despegaba, sin temor a romperse el cuello, sino con una rabia de ir contra todo, de atravesar el suelo y de ir hacia atrás, hacia el pasado pero hacia delante, como si nada hubiera pasado, y nadie la miraba, nadie gritó cuando su pico dio contra el suelo y todo se volteó de nuevo, y la gravedad estuvo debajo y el mundo ya no estuvo de cabeza, y ya no sentía yo el peso de la Tierra bajo mis pies sino que la Tierra sentía mi peso y entonces me quedé inmóvil, mirando cómo aquella paloma iba tenaz contra el cielo de nuevo, imponente.

No pude dormir bocarriba nunca más, como era mi costumbre. Aún siento, a veces, cómo el colchón me oprime el pecho. Y entonces pienso en la paloma.

5 de marzo de 2014

Detrás de las ramas

Dime quién está escondido detrás de las ramas,
dime qué cosa extraña gruñe, ruge, aúlla,
qué demonio, ángel o ser se halla detrás de ese árbol
dime qué es aquello que huele a sudor y sangre.

No es ángel ni demonio, no es bestia,
no es criatura desconocida.
Hueles tu propio sudor y tu propia sangre,
no hay nadie escondido detrás de las ramas.

¡No me mientas! Escucho el resoplido de sus narices,
puedo sentir su aire viciado de bestia indomable,
hay algo o alguien detrás de las ramas,
y tiene largas garras y come carne viva.

¡Te digo que no es nada!, la corteza del árbol está intacta,
el suelo carece de huellas y el aire huele a canela,
no hay rastros de sangre, no hay pelos,
es tu propia cabeza imaginándose monstruos detrás de las ramas.

¿Me llamas loco? ¿Dices que me imagino todo?
¿Es que no sientes el terrible olor a pólvora y guerra?
¿No sientes la cálida sangre sobre nuestras pieles?
¿No te das cuenta, no es evidente? ¡Hay algo detrás de las ramas!

¡Acércate y compruébalo tú mismo! No hay nada.
Todo lo que hay es aire limpio, hay rosas,
hay frutos maduros, y las hojas están cubiertas de rocío.
¡Vamos, acércate!, te juro que no hay nada.

Quizá seas tú mismo la bestia que mis sentidos desmienten,
no me acercaré y no cruzaré nunca al otro costado de las ramas.
Ven tú hacia acá y compruébame que estás intacto,
que no estás lleno de sangre, arañazos y hedor a muerte.

Si deseas puedo llevarte también frutos maduros,
puedo llevarte la flor de perfume inigualable,
puedo llevarte el rocío para que bebas,
puedo ir desnudo para que te des cuenta de que no hay nada detrás de las ramas.

Veo tu cuerpo desnudo, veo tu piel limpia,
veo la rosa, veo el rocío que la baña,
siento el perfume que evoca un cuerpo inmaculado y puro,
pero estoy seguro de que hay algo detrás de las ramas.

¡He vuelto indemne de detrás de las ramas!
¿Qué otras pruebas te puedo dar? ¡No hay nada, no hay nada!
Tan solo el césped suave y verde de los bosques, el musgo,
hay también sombra y frescor.

¿Es que no te das cuenta? ¿Careces de sentidos,
o es que tan solo crees en tu mirada?
¿Ignoras lo que te dice el terrible sonido,
y el olor a mierda y el angustiante hálito?

No te diré nada más.
No lo hagas.
Ven.
No iré.
Mantente ignorante, entonces.
Lo haré.
¡Es hermoso detrás de las ramas!
De seguro moriré.
No lo harás, te lo prometo.
Dime, quién está escondido detrás de las ramas.
Los dos estamos detrás de las ramas.
¿Qué clase de bestia eres?
Soy tú. Soy yo. Ninguno está detrás de las ramas.
Estoy solo.
Estoy solo.
No hay siquiera un detrás de las ramas.

18 de febrero de 2014

Sobre el silencio de los muertos

Y quienes han muerto cerrarán sus labios. Los cadáveres que nos inundan cerrarán sus labios. Los de los viejos, los de quienes murieron antes de que el tiempo desgajara sus rostros en mil pedazos. Los de quienes siguen dando un grito, un quejido, un sollozo porque fallecieron antes de poder juntarlos también los cerrarán al pasar del tiempo.
Quienes bajaron flotando por los ríos, quienes cayeron de las altas peñas, quienes fueron enterrados uno sobre otro y sobre otro y sobre otro, quienes lo hicieron por cuenta propia, quienes no tuvieron elección, quienes fueron condenados; todos ellos, todos nosotros, todos quienes fueron olvidados cerrarán sus labios. Cerraremos nuestros labios.
Quizá hubo quien murió por sus ideas, y ahora, inerme, no halla cómo defenderlas. Quizá hubo quien arrulló a los niños de tantas familias, quien mencionó más de una vez palabras de amor, quien dio la orden de fuego y quienes fue lo último que escucharon. No, quizá no. Con seguridad hubo quien prefirió un pequeño pueblo, quien se sintió atraído por la voz demasiado tierna de una mujer, quien, desesperado, se tapó los oídos, y ahora todos se hallan bajo tierra escuchando el creciente sonido de nuestra especie, desesperados de una interminable letanía que se repite siempre con las mismas palabras y las mismas palabras y las mismas palabras y las mismas palabras y las mismas palabras.
Y hacemos tanto ruido que no los escuchamos. No escuchamos la delicadeza de sus labios haciéndose ceniza. No escuchamos la lluvia colándose entre los cadáveres. No escuchamos el suavísimo eco de sus golpes contra la indestructible muralla que es el tiempo.
Y es que hacemos tanto ruido. No terminaremos nunca de morir.

11 de febrero de 2014

Sobre el silencio de un hombre triste


La última vez lo vi sentado a la mesa de un café expreso, es decir un café donde se espera que todos entren y salgan a velocidades de tren que tan solo se detiene frente a la estación de café para recargarse y seguir camino. Su mirada estaba puesta en el suelo, pero su pensamiento mucho más allá; era una mirada de ciego, que mira, que pone los ojos en algún lugar, pero que nosotros nunca llegamos a saber qué es lo que ve.
Ya todos lo miraban con recelo. Su mirada no era como si cerrara los ojos. Al cerrar los ojos se es conciente de la mirada perdida, no con los ojos abiertos. Los ojos abiertos demuestran que el alma se escapa del cuerpo y no vuelve hasta que aparece algún polo a tierra, hasta que un suceso terrenal jalona al alma y la devuelve al cuerpo al que pertenece. Y entonces el sujeto bebe de su pocillo de cartón, respira hondo y el alma se adhiere de nuevo al cuerpo. Pero solo superficialmente porque la mirada se vuelve a perder.
Ese hombre es capaz de vivir de nuevo el pasado, porque el alma tiene esa capacidad cuando la dejamos libre. Y entonces llora. ¿Por qué llora? Todo a su alrededor enmudece, las personas que pasan a comprar cafés lo miran de reojo, se rascan la cabeza, y pretenden seguir igual, como si nada, como si fuera un irrespeto interrumpir el llanto. Pero nadie sabe qué es lo que el hombre está mirando. El café sobre su mesa ya está frío. Pasan treinta, cincuenta personas y el hombre sigue en esa búsqueda del pasado. Ya ni siquiera llora porque el alma está demasiado lejos. No siente su cuerpo, no siente el murmullo del lugar, no siente el olor del café ni los ruidos de la máquina ni los estornudos de una mujer vieja ni la voz curiosamente grave de un hombre que dice cualquier cosa. Se podría decir que ese hombre no está ahí, porque pasa el tiempo y no hace nada, no dice nada, a veces da la impresión de que ni siquiera respira. Ha dejado su cuerpo en ese sitio mientras va a alguna parte.
Alguna vez escuché la historia de un hombre que se fue de su pueblo a buscarse a sí mismo, porque sentía que era un cuerpo que vivía por vivir, y comía y dormía y vivía simplemente por vivir. A tres meses de camino se halló, perdido en el bosque. Y entonces se sentó, y cerró los ojos para conocerse, y cuando despertó habían pasado varios años, y todos se preguntaban qué había sido de él. Dijo que había conocido el mundo entero, y que ya no tenía miedo de morir; ya no temía a su cuerpo. Pero la historia de este hombre cuenta que tenía los ojos cerrados.
El hombre del café no. El hombre del café tenía los ojos abiertos. Y su cuerpo permanecía pegado a la silla, pesado, pesadísimo.

7 de febrero de 2014

Sobre el silencio de los caracoles


¿Cómo contar esta historia sin que se vuelva una fábula? Niego, desde ahora, toda interpretación humana que se le pueda dar. Que se retire quien busque espejos o cristales de lo que llamaríamos humanidad.

Viscoso, baboso, húmedo y pegajoso, comenzó a salir de su concha. Despertó desperezándose y expandiéndose como pudo; estiró sus ojos y vio. Se había caído, sin despertar, sobre el jardín de tierra. Arriba estaba la hoja en que había pasado la noche, balanceándose y brillando con los primeros rayos de sol. La tierra estaba húmeda todavía, y el rocío brillaba hacia donde mirara. Movía sus ojos de un lado a otro, palpando también con sus cuernos inferiores, hasta que se decidió a andar hacia delante, lento, lento, con calma. Arriba alguien abrió una ventana de la que salía un pitido, y poco a poco el viento comenzó a llenarse del sonido de todos los días; él no escuchaba.
Se detuvo cuando la señora de tacones salió de casa como todas las mañanas, y la miró pasar de largo por el jardín. Vio que llevaba su cartera roja y el pelo recogido, y que movía sus labios con una velocidad mayor que la normal. Sobre ella, en el cielo, brillaba todavía la luna. El césped se balanceaba hacia la derecha y volvía en sí, a veces con un poco menos de rocío, que se evaporaba, y él sentía frío sobre su costado izquierdo. Trepó una pequeña roca y bajó de nuevo; casi todo era tierra, pero más adelante comenzaba el césped y algunas plantas varias, y las roquitas estaban por doquier. El sol avanzaba y ya comenzaba a brillar detrás de él el camino andado.
Antes de entrar en la espesura del césped, se acercó un niño; le puso un dedo sobre uno de sus ojos, a lo que él respondió contrayéndolo, y luego el otro. Los dedos del niño tenían un olor dulzón que lo empalagaba; pero ya se había ido, corriendo, después de haber cumplido su cometido. Desplegó de nuevo sus ojos e hizo inmersión en la zona verde del jardín. El viento ya no enfriaba su costado izquierdo, la ventana de la casa seguía abierta, y todo se movía. El césped se movía hacia la izquierda y volvía, y se quedaba un rato y luego de nuevo se balanceaba; los árboles hacían lo mismo, y sus ramas de vez en cuando dejaban escapar una hoja que caía sobre los carros o sobre el jardín. Las flores se abrían a medida que él se acercaba a ellas, ya el rocío no se veía, y la casa permanecía inmóvil, excepto por algunas cortinas.
Había pequeños insectos de toda clase que pasaban por su lado, por encima, alguno que otro hasta se había posado sobre su concha y se había quedado ahí un rato para luego emprender de nuevo el vuelo. Y él seguía su camino hacia algún lugar. Las plantas altas recibían a veces a los gorriones, a los colibríes, y él los miraba ir y venir en busca de flores, y los veía abrir sus picos mientras se les hinchaba el pecho y algunas plumas se les desorganizaban por rascarse; a veces bajaban al suelo y picaban algún gusano y de nuevo se iban a algún lugar. Él sentía la tierra que se iba convirtiendo en musgo bajo las ondas que producía su cuerpo al avanzar, como si fueran olas, como si fuera el mar calmo y tranquilo en su propio cuerpo.
Sintió que el suelo de repente vibró a su izquierda y se metió en su concha, pero salió de nuevo; y el otro había hecho igual. Se miraron y se palparon con sus ojos, y entonces cada uno fue al encuentro del otro. Él se subió sobre la concha del otro, y el otro se quedó quieto, como esperando. Después bajó, e intentaron subirse el uno sobre el otro, pero ambos se enredaron viscosos, babosos, húmedos y pegajosos. Y llegó la mujer de tacones con el pelo suelto y no la vieron, y tronó y no escucharon, y el sonido de la ciudad cesó, pero ellos no escuchaban. Cerraron la ventana de la casa de nuevo, las cortinas volvieron a su inmovilidad, dentro de la casa volvió a sonar el pitido, y ellos no escucharon.

5 de febrero de 2014

Sobre el silencio de una mujer


Su pubis era negro, mucho más negro que sus ojos. Y yo lo miraba mientras ella abría sus piernas. Era negro, incluso más negro que la oscuridad de esa alcoba; era un lugar en el que no se reflejaba la tenue luz de luna que entraba por la ventana. Sus dos brazos estaban apoyados sobre la silla. Sus hombros se ponían a la altura de su mandíbula, levemente elevada, como retándome a enfrentarla, a quedarme inmóvil frente a sus piernas largas y su boca.
Yo también estaba desnudo, y ella podía ver mi cuerpo tan torpe, tan de chico delgado y enclenque; pero solo me miraba a los ojos como si allí, en su mirada, estuviera todo el erotismo, la sensualidad de su cuerpo. Yo no pensaba en eso entonces. El aire era muy pesado, casi líquido. Me sentía irreal, como si no hiciera parte de ese lugar ni de ese momento. Mi cuerpo parecía estar flotando; se sentía leve y mi mirada comenzaba a hacerse ciega. Los rayos de luna fueron desapareciendo a mi mirada, pero yo sabía que seguían ahí; tan solo quedaban sus ojos y sus piernas abiertas y su pubis y sus brazos.
Me sentía realmente torpe, como abstraído por su cuerpo extendido. Como si fuera un animal acorralado, tenía el pecho hundido, las piernas recogidas y los brazos pegados a mi cuerpo, y mi pubis de un negro incipiente. Yo entendía su cuerpo como una invitación al mío, pero no me atrevía a moverme. Tan solo la miraba largamente, con el corazón acelerado, mientras ella mantenía su pecho erguido sin demostrar aburrimiento o exasperación. Tarde entendí que no, que no estaba aburrida; estaba extasiada de mi mirada, excitada de ver mi cuerpo contra el suyo, tan quieto, tan incapaz.
Bajó su mirada por primera vez, por primera vez dejó de mirarme a los ojos para mirar entre mis piernas, y entonces vio que mi cuerpo reaccionaba violentamente tan solo a su mirada. Le bastaba un gesto, un movimiento para que todo en mí cambiara. Se acomodó en la silla y entonces pude ver que su pubis negro sí brillaba, brillaba más que sus ojos, bajo los rayos de la luna.
Nunca dijo una sola palabra, nunca aceleró su respiración, nunca rompió el líquido aire que la rodeaba mientras me miraba, me miraba, me miraba.