6 de septiembre de 2014

calla


shh.
calla.
no lo digas.
sigamos caminando, tan solo tomados de la mano

¡no!
no separes los labios si no es para decir qué largo es el camino
si no es para hablar sobre el clima.
hazme caso esta vez
tan solo esta vez
y hablemos de cosas banales

prefiero guardar silencio todo el camino
espero que no te incomode.
por favor
te lo pido
escuchemos el viento entre las hojas

no me llames
no me escribas.
no pretendas nombrar el aire que recorre tus pulmones y sale hacia mis oídos.
nómbrame con el silencio
mírame con los párpados pegados el uno al otro
siente en mi cuerpo el olor de los lugares que he recorrido

tan solo te doy permiso de tocarme cuando nuestra piel se confunda en una sola masa
innombrable

shh.
calla.
escucha el viento.
en él vienen tus palabras.

1 de septiembre de 2014

a este lado de la frontera

hice un santuario en tierra ajena
ladrillo a ladrillo levanté sus paredes
traje agua del lejano río
para mezclar con la cal en las bateas

mi meta era el templo sagrado
hacer dentro de él un altar
dotarlo de suelo, ventanas
de techo y de una gran puerta

mi meta era hacer un hogar
cálido y fresco en el desierto
construir al otro lado de mis fronteras
un refugio para pies extranjeros

logré que fuera redondo como el sol
que dentro de él se respirara aire fresco
cavé un pozo para calmar la sed
y quitar de mi cuerpo esa masa de sudor y arena


pero yo no sabía de aquella tierra
yo no sabía de las serpientes ni de las tormentas
aún peor, no sabía que eran tierras ajenas
y me echaron
y tumbaron el techo
descascararon la cal y echaron abajo las puertas

regresé a este lado de la frontera
pero llego con las manos gruesas, sucias
con la piel manchada por el sol, seca
llegué con el cansancio acumulado
y con el viejo santuario
como una herida en la memoria de mi cuerpo


quizá cometí el error de construir en suelo ajeno
quizá cometí el error de beber su agua y dormir en su seno
pero ahora que subo a mis montañas y miro hacia oriente
veo mi santuario lejano, descascarado
veo la soledad que llena cada uno de sus espacios
y me hierve la sangre cuando pasa un forastero
y alza su propio mausoleo frente al mío

aquel horizonte se llena de santuarios
y deja de ser, poco a poco, aquel lugar que consideré sagrado
no era más que un pedazo de tierra vacía
que, lleno de edificios, vuelve a estar desierto

29 de julio de 2014

disolución cuatro


no eres más que aquello que he creado.
tu pelo existe cuando imagino el viento
tus manos se mueven bajo el agua que me baña
vives los lugares que para ti he dispuesto.

si sonríes es porque se ha abierto una ventana
yo he calzado tus pies descalzos con flores y desiertos
he cambiado el clima, entonces recoges tu pelo
descubres tu cuello y te sientas a la orilla del río

soy el dios más grande
porque a cada instante te doy la piel que te cubre
te construyo con la materia prima de los días.
el tiempo que pasa es el tiempo en el que habitas

mira tus manos. reconóceme en ellas.
mira tu reflejo y recuerda los ojos que te he dado
y luego recorre el mundo;
como un gran arquitecto, lo he construido para ti.

24 de julio de 2014

Sobre la luz y la sombra, o del hombre que decidió no abrir los ojos al nacer

Nació con los ojos cerrados. Si algo le dolía, era la luz que lo inundaba todo fuera del vientre cálido y silencioso. No quiso abrir los ojos durante meses. Tenía perfecto control de sus párpados, pero se limitaba a respirar, lamer, y sentir el cabello de su madre. Recordaba aquel destello de luz blanca, dirigida hacia él, que inundaba la brillante habitación, pulcra y desinfectada. Casi podía sentir el sabor metálico de los instrumentos médicos, recordaba su horrible sonido sobre la mesa. Hubiera querido volver por donde vino, deshacerse nuevamente entre la bilis y la sangre y aquella sustancia pegajosa que había abandonado. Sentía odio y asco de que aquella mujer hubiera cometido aquel acto inhumano de expulsarlo de su cuerpo; tomaba leche solo porque sentía hambre, la tocaba solo porque no podía ponerse en pie y valerse por sí mismo, la olía solo porque la tenía cerca y aún no podía juntar los dedos sobre su nariz. Si lo alejaran de su madre, no la reconocería sin sentir su olor; nunca había visto su rostro.

A fuerza de costumbre, sus oídos se hicieron sensibles, así como su piel y su olfato. No mucho más que los demás, tan solo lo necesario para sentir el mundo sin la luz del sol. También, a fuerza de costumbre, se hizo una delgada membrana uniendo sus párpados. Su cuerpo se adaptaba a la irracional decisión de no ver el mundo. El doctor no supo definir la enfermedad; no supo qué recetar más que una cirugía para separar la membrana.
La idea de aquel cuarto brillante y los instrumentos lo martirizaba. Apenas salieron del hospital echó a correr. Se tropezó un par de veces, pero su madre corría lento y él se paró sin importar el ardor en sus manos y el dolor en sus rodillas. El cielo estaba despejado; buscó sombra. Con el tiempo consiguió unas gafas negras, pues podía sentir la mirada de la gente sobre sus ojos, sobre aquella incómoda membrana repulsiva para los demás.
No tenía que explicarle a nadie; si había tomado la decisión de no ver las cosas bajo el exasperante manto dorado del sol era su problema, y nadie tenía por qué entrometerse en su vida. Ya todos sabían de sus ojos, de su fama entre la gente de la calle. Su piel, de vivir en la sombra, se había tornado de un color blanquecino casi tan incómodo a la vista como sus membranas. Como además llevaba varios años sin bañarse, en los pliegues de su piel (las axilas, los espacios entre los dedos, su entrepierna, detrás de sus orejas) era como si se posara la sombra que tanto buscaba.

Era noche de luna nueva, y la ciudad brillaba tan solo bajo la luz eléctrica de los postes. Las nubes cubrieron el cielo para enseguida regarse sobre la tierra. Cuando se apagaron las luces, el ambiente cambió. Lo pudo sentir en la densidad del aire que respiraba. Los cuerpos exhalaban un vaho pesado, difícil de respirar. Pronto se comenzaron a escuchar los gritos; entonces la ciudad volvió a tener luz gracias a los incendios.
Se quitó las gafas y escuchó atento; no entendía por qué, en la oscuridad, el hombre era distinto. Quizá se sentían cubiertos, a salvo de la mirada ajena. Todos hacían lo que les placía sin el menor pudor. El olor a sexo se elevó al tiempo que los gritos de las mujeres; el olor a madera quemada se elevó al tiempo que los gritos de los niños; el olor a sangre se elevó al tiempo que los gritos de los hombres. Tomó la decisión de abrir los ojos.
Como si fueran de papel servilleta, sus membranas se separaron. Se quitó las gafas negras. Nadie reparaba en el chico sombra, pero él presenciaba la sinceridad de los seres de luz, la sinceridad de sus pieles manchadas, de sus dientes límpidos y sus cabellos brillantes. Presenciaba cómo brillaba el fuego sobre el metal de los carros y aquella repugnante capa de sudor, brillante, incómodamente brillante.
Y entonces pudo unir el sonido de los gritos a los rostros, a la gesticulación de los labios, pudo unir el olor del fuego a la madera que se resquebrajaba. De nuevo cubrió sus ojos con las gafas negras; quiso tener los ojos abiertos, abrirse a la posibilidad de ver aquello a lo que siempre se había negado, por más repulsivo o repugnante que le pareciera. Había aprendido que el mal olor no era de las personas, sino de la ciudad, del espacio por el que caminaban. Sabía que al bañarse lavaban de su cuerpo los sitios recorridos; por eso, más que el fuerte olor de los vagabundos, le producía asco el perfume, la falta de olor; más que la tierra y la suciedad impregnada sobre la piel de aquellos hombres, como si fuera la oscuridad, le incomodaba el brillo hipócrita de las pieles limpias. La limpieza era la traición a la tierra, a la propia naturaleza. La limpieza era un engaño. La luz era una traición al vientre materno. La luz era una traición al ser que se había gestado en la oscuridad.

Al amanecer aclaró sus pensamientos cuando vio, por primera vez, el amanecer. Todo se llenó de luz. Sus ojos negros se hicieron claros, su blanca piel absorbió el sol como si nunca antes lo hubiera sentido; y es que había comprendido y había tomado una nueva decisión: Lo que le repugnaba era la luz que reflejaba el cuerpo humano y todas sus invenciones. Le repugnaba la hipocresía de los hombres por creerse dioses impecables en su trono de oro, como en aquellas imágenes religiosas donde los dioses siempre brillan con su luz propia. Le repugnaba que le hubieran quitado la belleza a los amaneceres. La repulsiva membrana se tejió nuevamente entre sus párpados.

28 de junio de 2014

Sobre el cuerpo

El cuerpo es una forma que deforma el aire
es la torpeza de estar presentes
como una mesa
como una flor
como una roca.

El cuerpo es la obligación de ser materia
de cuidar aquello que contiene
como el agua
como el aire
como la tierra
(como el fuego).

El cuerpo, como se sabe, es la cárcel del alma
y ni siquiera tiene alas
para volar
para irse lejos del dolor
para celebrar entre las nubes la felicidad.

El cuerpo es un obstáculo para la luz
pero está hecho para el encuentro.
Gracias a él puedo abrazar un alma que no es la mía
puedo mirarla a los ojos
puedo ver sonreír sus labios
puedo saber que no estoy solo
puedo celebrar el encuentro de nuestros cuerpos.

21 de junio de 2014

soy un hombre idiota

declaro abiertamente mi ignorancia
niego todo aprendizaje
niego el aire que ha salido de mi cuerpo en forma de palabras
niego las arrugas que enmarcan mi sonrisa
niego mi propio cuerpo
niego mis lágrimas, hasta las más sinceras
niego todo rencor, todo cariño, todo gesto afectuoso
niego mis manos tan preciadas

declaro abiertamente que no soy más que un hombre
un hombre como todos los hombres
porque dentro de mí corre la misma sangre
soy el mismo hombre que fue el primer hombre
y como yo será el último hombre sobre la tierra
es decir que soy un hombre idiota
que no es mejor que nadie
que no es peor que nadie
que es igual a todos
a pesar de tantas diferencias

declaro abiertamente que no soy un hombre digno de confianza
porque soy como un reflejo sobre aguas turbias
que siempre cambia, que siempre muta, que nunca permanece
que no se reconoce a sí mismo en su propio cuerpo
y por eso lo niego
niego todo lo que me define
niego incluso estas palabras
niego mi propio nombre

declaro abiertamente que mi cuerpo está vacío
en él caben todos los caminos
en él caben todas las historias de los hombres
en él cabe aún más que lo que cabe en este mundo
porque mi cuerpo está vacío
y no tiene forma
y no tiene nombre

declaro abiertamente que se ha desfigurado mi rostro
que ya no me nombra mi propio nombre
que he perdido el destino
que no me quedan palabras
que todo se ha revuelto en remolino
declaro que no me reconozco
declaro mi cándida ignorancia
declaro mi incapacidad de callarme la boca cuando todo lo que quiero es silencio

11 de junio de 2014

disolución tres

una ciudad que no merece palabras
un cuerpo que no merece la sangre
un hogar con una delgada capa de polvo
un río seco, un pájaro mudo, un perro sin dientes.

esto que canto es un libro quemado en la hoguera
un cuerpo desollado, desfigurado, sin rostro
es un piano sin cuerdas, una flauta sin aire
una semilla seca en un desierto perdido.

son tus manos que no me tocan
son tus labios secos y tu sexo marchito
es tu nombre y el olvido
es tu silueta y el olvido.

vivo en ti como un fantasma
porque cuanto hay en ti está ciego.
vivo en esta ciudad sorda
que no escucha cantos ni palabras.

esta es una ciudad vacía de historias
como un cuerpo vacío de alma.
esta es una ciudad que dice un nombre
para borrar todas las letras de su memoria.