22 de abril de 2011

Si alguien...

Si un hombre de sombrero alto,

pipa, botas negras y bastón

me dice que no pise, piso

porque ese paso es un paso imprescindible que dar

Si un hombre de cuello blanco,

envuelto en una sotana negra

me dice que no diga, digo

porque esa palabra es un discurso imprescindible a dar

Si un hombre de tez maquillada,

discurso moderado y atril,

me dice que no haga, hago

porque ese acto es un acto imprescindible que realizar

Si una mujer de hermosa presencia,

(a no ser que insista mucho)

hermoso perfume y hermoso pensar,

me dice que he de irme, sigo

(a no ser que la última línea me niegue)

porque esa mujer es una mujer imprescindible para amar.

9 de abril de 2011

De nuestro terruño

Mis dedos van a galope, mi corazón los acompaña. Necesito un campo abierto, necesito un corazón valiente que abra valles donde correr, donde los dedos no encuentren obstáculo, donde las palabras no sean más que pequeños brotes de la verdad que sale de adentro, como las gotas de rocío que humedecen la blanda tierra, el tesoro anhelado. Busco todavía ese corazón, busco todavía esos campos que me ayuden a alzar vuelo, busco un simple latir, sencillo, que no sea más que eso. Ni siquiera un latir del mismo corazón, puede ser un corazón azul, negro, verde, blanco, o del mismo triste color del mío, pero que reconozca en su latido ansias de llanura. En definitiva, busco un corazón que tome de la mano (o de la arteria) al mío, y que esté dispuesto a compartir mi misma sangre, a galopar las mismas verdades, que yo estoy dispuesto a cuanta sangre y verdad, y llanura.

Sobre el horizonte se siente una senda, se siente un camino, que no se ve. Se siente un camino que guía a un pequeño terruño que ofrece lo esencial. Un pequeño pedacito de agua, que corre siempre, que corre y no para, y se siente como esas goticas de rocío: frío, sincero, renovador. Ofrece también un gran pastizal en el que se asienta la neblina que se alza con la luz y nos hace saber de un mundo ajeno, de un mundo desconocido que está ahí como un espíritu. Ofrece unos cuantos árboles que adornan la vista con su imponencia centenaria, alzándose ante todo, mirándolo desde arriba, desafiando a Dios.

En ese terruño, de la mano, de la arteria a un corazón que me acompaña me encuentro con un hombre pequeño. Me sorprende su gran abrazo, cálido como el fuego que enseguida enciende en un horno de barro. El mordizco que se avecina es esencial, es tan puro como los primeros tiempos y como la primera mujer y su hombre (cuando de pertenencias no se entendía nada, ni siquiera el cuerpo propio, porque era de todos). Y más que el mordizco, la savia que se salva, la savia que nos nutre hasta el alma, la que nos hace pensar en nada más que su sabor y sentido, tan vano, tan mínimo.

Ya hemos comido, estamos el corazón que me acompaña y el mío y el hombre del horno de barro, que ahora adquiere su eterno nombre de cocinero. Y entendemos que la asociación de la primera mujer y su hombre no fue gratuita, pues ahí viene su mujer, la primera mujer, con una jarra al hombro, suponemos que repleta de agua. Nos detenemos acá para hacer un par de comentarios: el primero, no se hablará más en singular, porque yo ya soy nosotros, así como ellos. El segundo, ¿desde cuándo el hombre cocina y la mujer carga el agua desde el río?

Grata sorpresa, no era agua, era vino. Servido en la mesa, el vino, nos bendice, nos da nombre, y hace su oración: “vengo a esta mesa a ser bebido por los bendecidos humanos, los santos y benditos, los únicos que saben del amor. Vengo a ser ofrecido, recogido a manera de uva de la tierra, en acto sagrado, para luego venir a este jarrón como el buen vino que soy, como el buen vino que viene a ser bebido por ustedes, las personas, que se han sacrificado por el perdón de sus pecados, que se han sacrificado buscando el sagrado valor del amor y dejando de lado el pecado de la sumisión. Vengo a esta mesa a ser bebido, y me doy a ustedes. Soy todo suyo”. Con esto, tomamos las copas y bebemos, sagradamente (pues qué se podía esperar de un vino que nos bendice), y cuando bebemos sabemos la Madre, sabemos la Tierra, y comprendemos, de una vez por todas, que nada es nuestro, pero que somos de todo.

La mujer y su hombre ya no están. ¿Espejismo, visión? Buscamos desesperados, en los campos, en el río, incluso en el horno de barro, y entendemos que somos nosotros, y que nos ha sido entregado el papel inmemorial de la humanidad, somos los primeros, los sin pertenencias, los que no han podido ya hablar en singular.

Entonces me dispongo a prender el horno de barro. Salgo a buscar leña a través de la niebla, descalzo, y las gotas de rocío se meten por mis poros hasta el torrente sanguíneo. Y ella se dispone a traer agua del río. Me detengo un momento y miro a lo lejos. Los árboles están húmedos. La tierra está húmeda. Se empiezan a vislumbrar las montañas pues la niebla se disipa. Ha llegado el momento de vivir como esa pareja de primeros humanos, que pensamos eran aquellos, y al final hemos entendido que siempre fuimos nosotros, para siempre nosotros. Hasta que la niebla se levante de nuevo y lleguen otros, a través de un sendero, de un camino, que termina en este pequeño terruño.

9 de marzo de 2011

Ejercicio: en menos de una página plasme una idea.

Condiciones:

- La idea no puede estar muy desarrollada, para eso necesitaría más de una página (¿verdad?).

- Debe ir realizando el ejercicio a medida que va leyendo las condiciones. Si lee, por ejemplo, “Ahora que ya tiene la primera oración” significa que usted ya debe haber escrito la primera oración. Si no lo ha hecho, hágalo, y así con cada una de las condiciones que lo amerite, para llevar a cabalidad y exitosamente este ejercicio.

- Antes de empezar, piense cuál es la mejor manera de decir lo que quiere decir. Tenga en cuenta que entre más ambiguo, más abierto a la interpretación y por lo tanto más factible que alcance una verdad (o bien, que el lector lo haga por usted [mejor aún, que no haya ninguna verdad: tan solo la sensación de verdad, de realización existencial]).

- Si no se le facilita la generación espontánea, pruebe encabezar el texto con alguna frase de un autor o autora que le guste e intente probar con la generación inducida. Puede ser autor (o autora) de libro, ensayo, artículo, poema, canción, película. Lo que más le convenga. Para la practicidad del ejercicio no se requiere de ningún estilo en especial.

- Borre la primera oración cuantas veces sea necesario para que el texto comience a su satisfacción y ojalá, también, a la del lector.

- Ahora que ya tiene la primera oración, no se preocupe mucho de lo que sigue. Siempre y cuando no esté hablando de la plusvalía y termine hablando del juanete de su tía todo está bien: La plusvalía no es interesante (a diferencia del juanete de su tía). Repito: la plusvalía no es interesante.*

- Ya a estas alturas debe saber si su texto es de tinte científico, poético, ensayístico, humorístico o de un estilo personalístico. Si es lo último, tenga especial cuidado; se ha sabido de casos donde uno cree escribir algo nuevo, original, intelectualmente incomparable (satisfacción plena por parte del autor) y ya hay tanto de eso que en realidad solo se termina impresionándose a sí mismo. (Por eso en la escuela y la universidad molestan tanto con las referencias, y el marco teórico, pero no sea exigente. Esto es tan solo un ejercicio de menos de una página).

- Ahora que ya sabe que no hay ningún poder sobre su texto más que el suyo propio, al que no tiene que rendirle más cuentas que las suyas propias, puede, si lo desea, borrar lo escrito hasta ahora y comenzar a escribir su idea con completa libertad. Use cuantas páginas desee. Pero cuidado, es solo un ejercicio, piénselo dos veces, o tres, o cuatro antes de borrarlo. No se trata de su tesis. Repito: piénselo antes de borrarlo. No se trata de su tesis. Y si llegara a tratarse de su tesis (lo que significaría que ignoró la primera condición [espero que su tesis no sea de una página]), por favor bórrela y comience de nuevo, que esto es tan solo un ejercicio.

*El Capital no era un ejercicio de este tipo, sino de otro.

6 de febrero de 2011

De la carne y sus filosofías

El mundo pasa por duros momentos

(La señora prueba la carne) estamos mal

Ya estamos segundos adelantados

Del ciclo solar maya, dice, le falta sal


Alza su tenedor como se alza un pueblo

Entretenida curiosidad de las palabras

Con su cuchillo ataca el nervio sin recelo

Dice “¡Patria!” y reniega de las marchas


Abre la boca para decir unas palabras

Pero cuidado, se ha atorado la mujer

En vez de salirle el décimo mandamiento

Le ha salido un trozo de gordo sin masticar


Y el mesero, con apremio de su cliente

Toma un vaso con agua del mostrador

Se lo lleva para que se desatragante

Y ruega que le haya servido la lección

26 de noviembre de 2010

Gústele o no

He bajado abismos hacia el cielo,

He subido escaleras hacia el cadalso,

Y he permanecido siempre,

Con mis alas tan largas como el abrazo del mar.

No conozco, no quiero conocer

El significado de una flor marchita

O del llanto de la historia

Ni siquiera de su adiós (el de usted)

Y aunque poco a poco,

Verso a verso,

Nota a nota,

Se escapa un suspiro

Yo no le olvido (a usted)

Mi amor es intocable.

Soy mujer de vida,

Gústele o no.

Conmigo no se atreva

A declarar una lágrima

Conmigo no se atreva

Señor, a decir

que la paz no es posible,

señor, a decir

que no me han enseñado a amar.

Usted, dentro de sus grutas de hierro

Yo con mi sol penetrante

Usted, sin saber lo que me ha costado

Yo sin saber el costo del dolor

Quién se atreve a decirme que no

Que no es tiempo de la vida

Que no es tiempo del amor

Que no es tiempo de fugarse con el sol

Compréndame solo si lo desea

Yo no le exijo nada, ni a usted ni a nadie

Está en usted el amor, de mí depende poco

Ya yo lo he dado todo.

Hoy es 19 de noviembre

28 años más tarde

y unas pocas horas.

¿Quién lo diría? ¿Quién sería capaz?

Hoy no estoy sola, nunca lo he estado

Gústele o no.

Conmigo no se atreva

A decir que no merezco la felicidad

Porque merezco eso y más

No me la niegue

O no me dejará más opción que ir a por usted

Y toda su prole, y todo su odio

Y declararlo sin honor.

Alas de amor, tan amplias como el abrazo del mundo

Y un árbol, y una flor, y una montaña.

No necesito más que del vientre

Para ser lo que soy

Gústele o no,

Si quiere hacerse partícipe, sólo ámeme.

Yo no le exijo nada, ni a usted ni a nadie.

15 de noviembre de 2010

Diez

Sobre los ángulos indiscretos poso la mirada de la luna, aquella donde nunca llegará la incertidumbre que nos ataca. Sobre los ángulos indiscretos me surgen claros de luna, buscando las palabras que han de salvarme de la noche. Recoger los pedacitos de luz que van quedando se ha vuelto una tarea ardua, agarrándolos entre las manos como si fueran agua que se escurre, a la que no queremos dejar caer sobre el hirviente suelo de nuestros pesares. Que se evapore no es el mayor problema, al fin y al cabo esa es la tarea de la luz (sí, de la luz). Evaporarse para luego regresar de otras formas que no experimentamos. Hoy ha sido en forma de una mujer que me encanta, que con sus labios suaves y su piel morena acaricia mi existencia. Aunque no lo sepa, o no lo quiera saber, la ternura la embarca, con una mirada cómplice que bajo la oscuridad me dice "ven", y entonces ahí está, en esa mirada, en esos labios, en esa piel quemante, la luz de un día como hoy.

2 de noviembre de 2010

Conservarle su honor (Fernando Garavito)

"Al menos una vez en la vida -dice Saramago-, cualquier cronista o literato que no acaba de dar con un tema hace su glosa personal de la puesta del sol". Y es verdad. Anoche fue mi turno. Serían, tal vez, un poco menos de las siete de la noche, cuando Manuela y yo nos lanzamos a recorrer "las solitarias calles de la aldea".

El buen crepúsculo de Parra brillaba en todo su esplendor, y el viento levantaba su voz para contar de las cosas más cristalinas de la vida, del canto de los pájaros preparándose para dormir, del sonido del viento entre los árboles, de presagios del ángelus que ya pasó, y del ángelus que algún día volverá a ser el mismo. Había algo de poesía en el ambiente, y mientras Pip, nuestro viejo perro de toda la vida, corría de un lado a otro olisqueando conejos inexistentes, y sabíamos que en la cocina las ollas cantaban en ese mismo momento su canción de olores y de sabores, algo hondo pareció tocarnos con una tenue mano de soledad, de distancia, por qué no decirlo, de melancolía. Caminábamos en silencio, ella una niña que comienza apenas a convertirse en una hermosa muchacha, yo, hecho tal vez un nudo ciego de recuerdos, de voces idas, de preguntas que jamás llegué siquiera a plantearme. De pronto, la voz de mi hija rompió el hechizo.

- ¿Por qué estás triste? -me preguntó-. Mira el azul del cielo. Oye el viento. Mamá nos espera. Estamos juntos. Tal vez acá comencemos a ser felices. ¿Qué sucede?

No tuve respuesta. En efecto, acá podríamos comenzar a ser felices. Pero entonces, la vieja palabra de mi padre surgió dentro de mí, incontenible.

- Mira -le dije-, voy a cantarte una canción que me enseñó papá cuando fui su alumno en la escuela primaria. ¿Te parece?

Y, sin esperar respuesta, le canté con mi quebrada voz de muchos años, el himno que alguien escribió cuando nos enfrentamos a un Perú que no era nuestro Perú sino el Perú de Sánchez Cerro:

Si algún día a la frontera

me llamara el deber,

me llamara el deber,

abrazando mi bandera,

volaría sin temer,

sin temer.

Colombianos al mirar

la bandera ondular,

prometamos con valor

conservarle su honor.

Colombianos al mirar

la bandera ondular,

prometamos conservarle su honor,

con valor, conservarle su honor.

Levantamos la vista: una bandera que no era la nuestra ondulaba sin cesar en el arrebolado aire de la tarde.

- No estoy triste -le dije con las lágrimas pugnando por salir sin que ella se diera cuenta-.

Pero lo cierto es que ya no podemos hablar del honor de nuestra bandera.

Ella permaneció en silencio. Lo sé, las niñas de doce años no tienen por qué pensar en banderas ni en honores ni en países ni en circunstancias. Piensan, creo yo, en las muñecas que comienzan a dejar olvidadas dentro de los armarios, y, tal vez, en la inquietud que les despierta encontrarse con un determinado muchacho mientras caminan por los pasillos de la escuela.

Entonces, sabiendo que era apenas un monólogo inaudible para ella, para todos, seguí el decurso de mi pensamiento. Afuera caían las sombras vorazmente sobre la tierra, y Pip, indiferente a todo, caminaba junto a nosotros esperando ver pronto la puerta por donde podría entrar rumbo a su plato de agua.

- Ya no podemos hablar del honor de nuestra bandera -repetí en voz baja -. Es más, ya no tenemos bandera. Lo que va al frente de los batallones y de los desfiles de los sicarios de cualquier pelambre es un trapo de tres colores manchado de sangre. La banda que se tercia sobre el pecho este palafrenero de los Ochoa que ahora dice gobernarnos, no puede ser la misma que lucieron personas transparentes como Murillo Toro, como Santiago Pérez, como Darío Echandía. Me fastidia pensar que la bandera que cubrió el catafalco de Jorge Eliécer Gaitán es la misma que va a ondear dentro de poco en el campamento de los asesinos concentrados en Santa Fe de Ralito. No creo que la bandera de un Congreso donde se oyó la voz de Jorge Soto del Corral sea la misma que preside las sesiones donde participan cerca de cien parlamentarios impuestos por el narcotráfico.

- No conozco a ninguna de esas personas -me dijo Manuela, con lo cual descubrí que yo hablaba más duro de lo que hubiera querido-. Y tampoco sé qué cosa sea un palafrenero.

- No importa -le dije-. Palafrenero es el criado que le sostiene el estribo al patrón para que se trepe sobre el caballo. Y eso es lo que ha hecho este individuo: sostenerle el estribo a Mancuso y a sus narcotraficantes, para que se monten definitivamente sobre el pobre jumento en que se ha convertido Colombia.

- Hablas muy raro -me dijo Manuela-. ¿Jumento es un burro?

- Sí -le contesté-. Jumento es un burro, un asno, una bestia de carga. Pero, más allá, jumento es Colombia. Desde que ese universo oscuro de las multinacionales, convirtió al narcotráfico en la columna vertebral de la economía, Colombia pasó a ser el burro del que unos pocos se aprovechan. Yo sé que el burro está desesperado con la carga que le han puesto encima.

Encima lleva la tragedia de soportar masacre tras de masacre, la tragedia de los desplazamientos masivos, la tragedia del terrorismo de Estado, la tragedia de la corrupción (que no es sólo administrativa), la tragedia de la miseria generalizada, la tragedia de la denegación de justicia, la tragedia de la amenaza internacional, la tragedia del no futuro, la tragedia del dogma inalterable y del silencio, la tragedia del miedo. Sobre todo la tragedia del miedo. Pero eso nos ha llevado a aceptar, sin fórmula de juicio, la solución que nos propone el gobierno de Uribe, que es la de entregarnos con las manos atadas a la delincuencia común. Ante los ojos de un mundo al que le importa un pito qué ocurra en ese rincón plagado de conflictos, Uribe le da status político a sus amigos del narcotráfico y los convierte en sus interlocutores.

Ellos se han apoderado de todo. Hoy son los dueños de las tierras, de las carreteras, de la seguridad, de la justicia, de la administración, de lo que alguna vez se llamó vida, honra y hacienda de los asociados. Pero, lo peor de lo peor, es que esos delincuentes comunes, que forman un todo con quienes nos gobiernan, con quienes nos representan, con quienes manejan una economía miserable que ha llevado a uno de los países más ricos y diversos del mundo a una bancarrota generalizada, son los dueños de nuestras conciencias. No sé hasta qué punto sea lícito convivir en sana paz y compañía con los criminales, y asistir al derrumbe del país como quien no quiere la cosa. Porque en Colombia proliferan las voces que se levantan, erguidas, contra ese estado de cosas, pero que siguen ahí, construyendo dehesas donde se los permite el narcotráfico y el paramilitarismo, disfrutando de la vida y de la rumba barata de fin de semana, estrechando la mano manchada de sangre de los asesinos y gritando ¡qué horror!, ¡qué horror! frente al cadáver de los asesinados. Todo eso es una gran mentira. ¿Tú sabes quién es García Márquez?

No me contestó. Con seguridad, mi largo discurso la había llevado a lugares donde viven los verdaderos pensamientos de las niñitas. Pero yo seguí, como si su ausencia no tuviera que ver nada conmigo.

- Bueno, pues García Márquez se reunió en México con Álvaro Uribe, con el pretexto de apoyar un proceso de paz con el ELN en el que sería garante el gobierno de Fox. Hasta ahí, magnífico. Pero resulta que se prestó a asistir con el palafrenero a una conferencia de prensa, y que, cuando este terminó su discurso, lo aplaudió ante las cámaras de los reporteros. ¡García Márquez aplaude a Álvaro Uribe! Eso no me puede caber en la cabeza, y no lo entiendo sea cual sea el motivo último del aplauso. Como no entiendo muchas cosas, que no voy a decirte porque ese, que es nuestro asunto vital, no es asunto nuestro. Tú me entiendes.

- No te entiendo -me dijo Manuela-. ¿Cómo puede ser que algo que sea asunto nuestro no sea asunto nuestro?

- Mira -le contesté-, lo que es asunto nuestro es el país, no son las gentecitas que gobiernan al país. El país necesita una revolución, una auténtica revolución, que lo ponga patas arriba en todas sus estructuras, que le cambie su forma de pensar, de hablar, de sentir, de enterarse de los acontecimientos. Ya están hechas todas las denuncias, ya se han señalado todas las dolencias, ya se han diseñado todos los diagnósticos, ya se han propuesto todas las soluciones, y seguimos cada vez peor, cada día estamos más y más hundidos en la tragedia de nuestra vida, de nuestro comportamiento. Necesitamos una revolución contra el algodón azucarado en que los medios envuelven las noticias. Una revolución profunda, que estremezca los comportamientos del país, que sustituya, como un cataclismo, toda esa pequeñez que nos circunda. No necesitamos una revolución política o una revolución económica o una revolución educativa o una revolución cultural. Necesitamos una revolución de la conciencia. Si yo tuviera treinta años menos estaría en el país desarmando los ejércitos y armando las conciencias, todas las conciencias, con imágenes, con palabras, con conceptos, con respetos, con pensamientos, con recuerdos, con proyectos, con proyecciones. Pero estoy viejo y me siento inútil y desarmado. ¿Tú sabes quién es Roberto Posada?

- No tengo ni idea -me dijo Manuela.

- Pues no voy a hacerte perder tu tiempo diciéndote quién es Roberto Posada. Pero hace poco me describió como "el olvidado". Y sí, tiene razón, yo soy el olvidado. Un olvidado que piensa que sus pequeñas palabras, que sus denuncias y sus rabias, que sus reflexiones y querencias, que los artículos que envía, tienen algún interés, sirven para algo. No. Estoy convencido de que no sirven para nada. Eso de escribir es para Molano, ¿tú sabes quién es Molano?

- No tengo ni idea -repitió Manuela.

- Molano es un hombre muy valioso, que me escribe para decirme que está feliz en La Calera y que vive cerca de sus hijos y que cuida a sus animales y que cumplió 60 años.

- Como tú -anotó Manuela.

- Como yo. Yo también voy a cumplir 60 años. ¡Sesenta años! Y sigo haciendo lo mismo que hacía hace tiempo, cuando el país era un país que cuidaba el honor de su bandera. Ya no vale la pena. He resuelto callarme. Todos los esfuerzos que he hecho terminaron por ser inútiles y anodinos.

- ¿Qué cosa es anodinos? -preguntó Manuela.

- ¿Anodinos? Anodinos es que no se conocen, que no le importan a nadie. Te aseguro que de las 500 personas que reciben mi artículo semanal, por lo menos 450 lo mandan al reciclaje sin abrirlo. Entonces, ¿para qué sigo en esta bobada? Esta noche voy a escribir mi último artículo, mi artículo de despedida.

- ¿Estás triste? -me preguntó ella.

- Tal vez. Tal vez estoy triste. Pero no estoy triste por mí. Estoy triste por Colombia. Ya llegamos. ¿Quieres que te cante otra vez una estrofa de la canción que me enseñó papá?

- Vale -dijo Manuela.

- Ojalá te la aprendieras. Dice así:

Colombianos al mirar

la bandera ondular,

prometamos con valor

conservarle su honor.

Colombianos al mirar

la bandera ondular,

prometamos conservarle su honor,

con valor, conservarle su honor.

- Qué linda - dijo Manuela.

- Sí -anoté yo-, es muy linda, porque es una canción que creía en Colombia. Hoy los colombianos no creemos en nada, y los que creen no ven que detrás de sus creencias está el horror y la muerte y el crimen y la desgracia.

- Llegamos - dijo Manuela -. ¡Entra, Pip! ¿Cierro la puerta?

- Sí -dije yo-. Y no te olvides de la llave.


Fernando Garavito, 17 de junio de 2004


Requisición a Juan Mosca, que ahora resultó ser Fernando Garavito Pardo:

http://carcajete.blogspot.com/2010/10/requisicion-juan-mosca-que-ahora.html